México: 30 DE ABRIL: ¡SANDRA VIVE!
A continuación compartimos un artículo publicado por Periódico Mural el 30 de abril.
A un año de la siembra del cuerpo de Sandra Estefana Domínguez Martínez, su historia no termina ni en la tierra ni en la memoria: sigue viva en la rabia, en el miedo y en la indignación de un pueblo que ya no puede fingir que no pasa nada. La realidad de Sandra no es un caso aislado; es el reflejo brutal de una estructura que permite, tolera y protege la violencia contra las mujeres. Es la evidencia de que, en Oaxaca y en todo México, ser mujer, y más aún ser mujer indígena, implica vivir en riesgo constante, aun cuando desde el discurso oficial se hable de justicia y de transformación.
Sandra, originaria de la Sierra Mixe, no solo fue víctima de feminicidio; fue víctima de un sistema que la señaló desde el momento en que decidió hablar. Denunció a funcionarios públicos que, desde el poder, cosificaban y violentaban a mujeres (incluidas menores de edad, así como a mujeres que laboraban con ellos) en grupos de WhatsApp donde intercambiaban imágenes, comentarios y agresiones como si se tratara de algo normal, como si los cuerpos de las mujeres fueran territorio público. Lo más grave no fue solo la existencia de esos espacios, sino la impunidad con la que operaban sabiendo que el mismo sistema los protegería.
Cuando Sandra denunció, lo que recibió no fue protección, sino abandono. No hubo medidas efectivas, no hubo justicia preventiva, no hubo interés real por salvaguardar su vida. Por el contrario, lo que siguió fue el aislamiento, el hostigamiento y la persecución. El mensaje fue claro: denunciar tiene consecuencias, y esas consecuencias las pagan las víctimas.
El feminicidio de Sandra no puede entenderse como un crimen individual. Es un crimen de Estado. Es el resultado de omisiones, de complicidades y de un aparato institucional que decide a quién proteger y a quién dejar morir. Mientras ella pedía justicia, quienes eran señalados continuaban en sus cargos, con poder, con protección y con la tranquilidad que otorga saberse intocables.
En Oaxaca, la violencia contra las mujeres no es una excepción; es una constante. Se ha vuelto parte del paisaje cotidiano: desapariciones, agresiones y feminicidios que se acumulan en cifras que crecen mientras la indignación social parece diluirse en la normalización. Cada caso es tratado como un hecho aislado, como si no existiera un patrón, como si no hubiera responsables más allá del ejecutor directo. Pero sí los hay: están en las instituciones, en las decisiones que no se toman, en los expedientes que se archivan, en las denuncias que se ignoran.
Lo más alarmante es el mensaje que se construye desde el poder: en Oaxaca, una mujer que alza la voz se convierte en un riesgo para el sistema. Y el sistema responde. La desaparición y el feminicidio funcionan como mecanismos de silenciamiento. No son accidentes; son advertencias. Son formas de disciplinar a quienes se atreven a romper el silencio.
Aún más indignante es que algunas de las personas que hoy ocupan cargos públicos, que hablan de justicia y de derechos, saben perfectamente de qué se está hablando. Saben que esos espacios de violencia existieron. Saben quiénes participaron. Saben que hubo denuncias. Y, aun así, eligen callar. El silencio también es una forma de violencia, pero sobre todo es una forma de complicidad.
El caso de Sandra desnuda una verdad incómoda: el Estado no solo falla, también encubre. Protege a los agresores, revictimiza a quienes denuncian y abandona a las mujeres a su suerte. Se construye así un círculo perverso donde la impunidad alimenta la violencia y la violencia refuerza la impunidad.
Mientras el poder proteja a los culpables, cada feminicidio tendrá responsables con nombre y cargo. ¡Sandra vive, la lucha sigue!
Komite Pëjy Tyotk.
Comité de familiares y amigos en busca de Justicia para Sandra Domínguez.