Extractos Editorial AND sobre los enfrentamientos entre campesinos y grupos paramilitares
A continuación compartimos una traducción no oficial de un extracto del último editorial de A Nova Democracia.
Los recientes enfrentamientos armados entre la autodefensa campesina y grupos paramilitares, tropas de la Policía Militar y guaxebas (pistoleros), en Rondônia, no sorprenden: desde esta tribuna, hemos insistido en la gravedad de la situación en las zonas rurales, cuyas explosiones de violencia – históricamente inalteradas y siempre promovidas por los latifundistas y sus grupos a sueldo – se agudizan y hoy encuentran a los campesinos en mejores condiciones de resistencia.
No es otro el motivo del crecimiento de la violencia en el campo sino la carrera frenética del capital monopolista y de los latifundistas hacia la producción primaria para la exportación, incluso impulsado por la política de Estado, llevada a cabo por todos los gobiernos federales de las últimas décadas, de incentivo al «agro» con dinero público. Si en 2000, el latifundio participó de 18 a 22% del PIB, dependiendo de la metodología, en 2023-24 alcanzó de 47 a 49%, gracias a los inversiones indecentes de recursos públicos y a las exenciones fiscales. La evolución aproximada del precio medio de la tierra en la Amazonas pasó de poco más de R$ 3.000 por hectárea, en 2020, para más de R$ 5.000/ha, en 2024, durante el actual gobierno de colaboración de la falsa izquierda con la derecha liberal. De 2018 a 2023, el aumento medio nacional fue superior a 108%. La mayor valorización de la tierra impulsa la actividad especulativa y, dentro de ella, el robo de tierras combinada con la expulsión de ocupantes, aumentando la concentración de la tierra en manos de un puñado de parásitos de la Nación. Es el estímulo para que el latifundio extienda su guerra reaccionaria para expulsar a las comunidades campesinas, obligadas a resistir, en la medida en que el viejo Estado – particularmente sus fuerzas policiales – se encuentra ligado a las tropas paramilitares de agresión.
Recientemente, en el municipio de Porto Velho, en el ex-latifundio NorBrasil, tomado por las familias campesinas desde 2019, el sobrino del ladrón de tierras Antônio Martins, el «Galo Velho», alegó haber tenido su coche ametrallado por la autodefensa armada de los campesinos; éstos, por su parte, acusan a João Martins de haber invadido el campamento Tiago Campin dos Santos 2 con su grupo de pistoleros y tropas de la Policía Militar. El tío de João no tiene buena fama: fue acusado de liderar una organización criminal que movió decenas de millones de reales con robo de tierras y formación de milicia, con participación de tropas policiales – esta última parte, incluso, confesada por el propio João en reciente entrevista. «Fueron más de 200 tiros de fusil, nunca pasé un apuro así», dijo João Martins sobre el enfrentamiento armado. Los campesinos pobres no pueden decir lo mismo: ese «apuro», el terror de estar bajo disparos de armas de fuego, es el cotidiano de las masas campesinas en lucha por la tierra – aunque sea inusual que alguien, como él narra, herido en el pie y teniendo que arrastrarse, diga haber contado exactamente 200 disparos.
La Revolución Agraria es la revolución brasileña en marcha. Los revolucionarios y revolucionarias consecuentes, que no solo la desean en palabras, pueden verla y tomar parte de ella. A los demócratas y progresistas, a los amantes de la justicia y de la libertad del pueblo, es urgente defender la lucha de los campesinos pobres con fervor y acciones concretas.