Editorial de AND: El fracaso de la ofensiva contrarrevolucionaria general del imperialismo
A continuación compartimos una traducción no oficial de un Editorial publicado por A Nova Democracia (AND) el 26 de junio.
“Lo que estamos viviendo ya no es una prueba más del orden posterior a la Guerra Fría: es su fin”. Este diagnóstico, pronunciado por Antony Blinken a mediados de 2023, cuando aún era secretario de Estado del imperialismo yanqui, supone el reconocimiento del fracaso de los yanquis y de la ofensiva contrarrevolucionaria imperialista que encabezaron con la quiebra de la URSS socialimperialista y la primera guerra del Golfo Pérsico (contra Irak). En aquella ocasión, Blinken demostró, como prueba de ese diagnóstico, que las hipótesis fundamentales que guiaron la política exterior yanqui después de 1990 “ya no se sostienen”. Josep Borrell, entonces jefe de la diplomacia de la Unión Europea, declaró también en 2024: “La era del dominio occidental acabó definitivamente” (refiriéndose a la hegemonía única de EE. UU., hasta entonces incuestionable) y que “el futuro de Europa será sombrío”. El secretario general de la ONU, en 2024, fue más enfático: “Estamos entrando en la “era del caos”, marcada por guerras entre naciones, guerras civiles, golpes de Estado, un período de crisis “más profundo y peligroso que la propia Guerra Fría”. Por ello, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró en 2024 que la alianza debía “cambiar a una mentalidad de guerra” y que aún “no está preparada” para lo que vivirá en 2028-29.
La percepción de los dirigentes de las instituciones y organismos imperialistas es un reflejo de la realidad objetiva. Ellos constatan, a su manera y con su lenguaje invertido, que la ofensiva contrarrevolucionaria general, desatada por el imperialismo yanqui a finales de los años 80 y principios de los 90, fracasó completamente. Su declive en los últimos años no ha podido frenarse ni siquiera con las maquinaciones de las Torres Gemelas, utilizadas como justificación para nuevas y mayores invasiones de países de Asia Central, como Afganistán, y de Occidente, en el Oriente Medio Ampliado; al contrario, han acelerado dicho declive, como hoy se demuestra en su fracaso.
Tal ofensiva se desató tras la restauración capitalista en la República Popular China (1976), con la derrota de la Gran Revolución Cultural Proletaria, que se levantó para impulsar la construcción socialista e impedir una restauración capitalista siguiendo el modelo que había tenido lugar en la URSS en 1953, lo que logró evitar durante diez años (1966-1976). La ofensiva coincidió con el nefasto papel desempeñado por el revisionismo de Gorbachov y su “perestroika”, que puso fin a la apariencia “socialista” que había sobrevivido en la URSS, llevándola al colapso. Sobre esta situación y esta convergencia, junto con la aplicación durante décadas del “Consenso de Washington” y su arsenal ideológico de “globalización” y “neoliberalismo”, el imperialismo yanqui sentó las bases de su futura ofensiva contrarrevolucionaria general. Apuntando hacia Oriente Medio y demonizando a los regímenes resistentes a su dominio en la región y a los movimientos islámicos calificados de “terroristas”, con la primera guerra contra Irak y la capitulación de la URSS socialimperialista, definió su nueva estrategia general como “Guerra contra el terrorismo”. Con este lema como cobertura para su guerra de rapiña y contra las luchas de liberación nacional, el imperialismo yanqui buscaba imponer su supremacía mundial única e incuestionable en los planos económico y militar, en la tentativa de retirar la base económica imperialista de su contexto de agravamiento de la crisis general, por un lado; y, por otro lado, en el plano ideológico-político, quería “comprobar” la caducidad del marxismo y del comunismo, propagandeando que era posible mitigar los males del capitalismo por medio de las innovaciones tecnológicas. De este modo, pretendía, al mismo tiempo, consolidar su condición de superpotencia hegemónica única en el mundo, someter a las potencias imperialistas del Segundo Mundo, avanzar hacia el dominio de los países de las áreas de influencia de la antigua URSS e instaurar la Pax Americana, así como reforzar el capitalismo como el “mejor mundo posible”, el “fin de la historia”, el fin de la lucha de clases, el fin de la lucha armada, el fin de la lucha anti-imperialista y la victoria total de la “democracia como valor universal”. Así, en la década de 1990, con el fin del “Sistema de Potsdam” —que definía la geografía política de Europa a partir del gran acuerdo de los Aliados al término de la Segunda Guerra Mundial (IIGM)— y con el fin del Pacto de Varsovia, el imperialismo avivó decenas de sangrientas y fratricidas guerras étnicas buscando la balcanización de Europa del Este y dominar las antiguas repúblicas soviéticas, para cercar a Rusia y someterla por completo, así como para reunificar Alemania.
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Más de 30 años después, el mundo se ha convertido en un plano inclinado a más y más guerras y grandes desórdenes. En el año 2024 hubo el mayor número de conflictos armados en el mundo desde el final de la IIGM (1946, cuando inició la serie histórica), con 61 conflictos armados que afectaron a más de 36 países y expusieron a la guerra a una sexta parte de la humanidad, lo que puso de manifiesto el fracaso de la Pax Americana. Por undécimo año consecutivo, el gasto militar mundial en 2025 creció, registrando 2,8 billones de dólares, es decir, el 2,5 % del PIB mundial, el nivel más alto desde 2009, lo que incluye un aumento del 14 % en Europa y otro del 51 % del total mundial entre los tres países que más gastan: EE. UU., China y Rusia, mientras que la carrera nuclear también se reactiva, con todos los poseedores de arsenales atómicos modernizando sus armamentos, creando nuevos tipos y multiplicando por cien el número de ojivas.
Si es verdad, por un lado, que las potencias y superpotencias se preparan para una nueva gran contienda, la III Guerra Mundial, por otro lado, dada la experiencia de las dos primeras, todas ellas temen que se repita, pues saben que algunas de ellas quedarán totalmente arruinadas y que difícilmente no derivará en una guerra nuclear, al fin y al cabo, las potencias que poseen arsenales atómicos formarán coaliciones en campos opuestos y no se puede descartar una hecatombe humanitaria. Además, una guerra mundial tiene duros efectos colaterales que agravan sus temores: al término de la IGM surgió la Revolución Rusa y la URSS, y de la Segunda Guerra Mundial surgió un gigantesco campo socialista. ¿Qué resultará de una Tercera Guerra Mundial? Objetivamente, los imperialistas no encuentran bases sólidas, social y políticamente, para defender una IIIGM ante los pueblos de sus propios países y menos aún para ganar su apoyo. Al final, las masas populares rechazan, cada vez más, el sistema político que les ofrece la reacción —la democracia burguesa o el fascismo—, con un 59 % de los encuestados en 24 países diferentes insatisfechos con la democracia en su país, lo que incluye una caída del 17 % en la aprobación de la democracia burguesa en Francia entre 2022 y 2023, del 13 % en el Reino Unido y del 10 % en Alemania, según la encuesta del Pew Research Center. En la superpotencia hegemónica única, Estados Unidos, en 2025 apenas el 17 % de los adultos decía confiar en que el Gobierno de Washington haría lo correcto “siempre” o “la mayor parte del tiempo”, uno de los niveles más bajos en casi 70 años; además, el 62 % de los estadounidenses estaban insatisfechos con el funcionamiento de la democracia en el país. Incluso, según la misma encuesta, la crisis mundial de la democracia burguesa no se limita a los gobiernos, sino a las demás opciones electorales del viejo orden, ya que el 64 % no valora positivamente a la oposición a sus respectivos gobiernos; por eso crecen el boicot electoral, la desesperanza y la convicción de que algún otro sistema debe sustituir al actual (a saber, el único posible, la dictadura del proletariado, aunque esta conclusión positiva dependa de la propia existencia y acción de los Partidos y organizaciones revolucionarias). De todas maneras, las masas afirman que ya no aceptan seguir viviendo como hasta ahora: en 2025 ocurrieron más de 148.000 grandes protestas contra los gobiernos en 197 países y territorios diferentes, lo que supone un aumento por tercer año consecutivo. Hoy en día, Bolivia, al borde de la guerra civil, constituye el ejemplo más contundente de ello.
En resumen, toda la situación mundial se sustenta en una gran verdad de nuestro tiempo: el período de contrarrevolución inaugurado con la derrota temporal de la dictadura del proletariado, se ha agotado en lo fundamental; se inicia un nuevo período de revoluciones en la historia mundial, que supera ese reflujo, y se inicia en las tres grandes victorias políticas y militares logradas por las Resistencias Anti-imperialistas de naciones agredidas por el imperialismo: la victoria de Afganistán (2001-2021), de Palestina (Diluvio de Al-Aqsa, 2023) y de la Resistencia de Irán (2026), las cuales demuestran que el dominio de EE. UU., aún vigente en el mundo, ya no es capaz de doblegar a los pueblos oprimidos cuando estos persisten en la guerra al modo del proletariado, con las guerrillas, con la guerra prolongada. Son grandes victorias de la Revolución Mundial, particularmente de su base, que es el movimiento de liberación nacional, las revoluciones de Nueva Democracia, que constituyen la fuerza principal, mientras que el movimiento proletario internacional retoma su contraofensiva, como dirección del movimiento de liberación nacional, como en las guerras populares de India, Perú, Filipinas y Turquía, que persisten heroicamente, y otras que se encuentran en sus inicios, todas ellas dirigidas por Partidos comunistas marxistas-leninistas-maoístas. Forma parte de la Nueva Gran Ola de esta Revolución Mundial que, a escala global, se encuentra en su etapa de Ofensiva Estratégica, aunque, en cada revolución en particular, éstas se desarrollen en la etapa de Defensiva Estratégica en su mayoría.
“Los países quieren independencia, las naciones quieren liberación y los pueblos quieren revolución”: esa es la máxima de la situación actual. Las naciones no se dejan dominar; los pueblos ya no aceptan la explotación del capitalismo burocrático, la rapiña imperialista, la esclavitud asalariada y los engaños de la ideología burguesa en la forma suprema de su “democracia”; en el frente imperialista hay crecientes fisuras y las potencias rivales y otrora “aliadas” de EE. UU. ya no aceptan la posición de subalternas, luchan por emprender “vuelos independientes” y pretenden ocupar ellas mismas un lugar mayor y mejor bajo el Sol; la guerra, la represión, la reacción, el fascismo y la violencia son la tendencia en toda la línea del imperialismo, fenómenos que son y serán inevitablemente combatidos por la lucha revolucionaria, la guerra de liberación nacional, la nueva democracia y la dictadura del proletariado como tendencia principal. La Revolución es la tendencia política principal de la historia y se convertirá, cada día más, en el pan de cada día de los pueblos del mundo. La situación, como se puede notar, exige del movimiento revolucionario y anti-imperialista la máxima destreza y decisión: la situación es muy desafiante y peligrosa, y como nunca, extremadamente favorable para transformar la Historia universal y el mundo entero.