Editorial AND (Segunda Parte) – Solo hay un camino para la soberanía de Venezuela y su pueblo
A continuación, compartimos una traducción no oficial de la última Editorial del Jornal A Nova Democracia (Brasil) publicado el 1 de febrero,encontrada en Nueva Democracia de Colombia.
Puede encontrar la primera parte aquí:
El imperialismo yanqui se enfrenta a una situación de preguerra civil y esto es hoy más evidente que nunca, en el contexto de las operaciones del Servicio de Inmigración (ICE) y de las grandes protestas, muchas de ellas armadas, en el interior de los Estados Unidos. Una nación fundada en la esclavitud de africanos y descendientes; en el exterminio completo y total de los pueblos indígenas; en el robo de territorios enteros de otras naciones; en la negación completa de los derechos civiles a los negros hasta hace 60 años; en la superexplotación —es decir, una explotación superior a la media— de los inmigrantes, ilegales o legales, que, en cualquier caso, se ven coaccionados por el riesgo de deportación; esta nación, por mucho que se jacte de democrática, no es más que una dictadura insana de unos pocos oligarcas del capital financiero sobre las grandes masas, en un acelerado proceso de anquilosamiento, de reaccionarización del Estado, de todas sus instituciones. Como ya dijo Lenin: el imperialismo convierte a la población en súbditos del capital financiero y a los países en prisiones.
Las persecuciones que Trump promueve contra los inmigrantes tienen objetivos bien definidos. En primer lugar, enfrentar a una parte del proletariado —la nativa— contra la otra parte, la de los inmigrantes; el chovinismo es un recurso clave para impedir la unión de la clase, ganarse a una parte atrasada del proletariado y a la aristocracia obrera, arruinada por el parasitismo del imperialismo y la fuga de las industrias hacia países oprimidos hiperpoblados, para la ideología de extrema derecha, racista y supremacista blanca yanqui. Por supuesto, en general, busca dar vitalidad al régimen político, ya que tal táctica solo confirma que la estabilidad parlamentaria y las políticas ordinarias ya no cautivan al proletariado nativo, mayoritario, porque no son capaces de revertir la crisis general.
En segundo lugar, Trump apuesta claramente por la desestabilización del orden constitucional, a través del cual pretende imponer un nivel de presidencialismo absolutista sin precedentes, no solo en relación con los “tres poderes”, sino también con respecto a las unidades federativas y los contendientes electorales. Por eso, los estados controlados por la mafia republicana, con mayor concentración de inmigrantes, no se enfrentan a operaciones policiales contra los inmigrantes como ocurre en los estados controlados por la mafia demócrata. En este sentido, Trump no inventa ningún objetivo original: esa es la tarea reaccionaria que llevan a cabo todos los gobiernos yanquis de turno; la originalidad reside en el método caótico de la provocación descarada.
Se engaña quien cree que el plan es romper por completo el orden constitucional: Trump sabe que ese es un objetivo muy difícil sin que exista una condición tal de peligro inmediato de Revolución, siendo más factible, por el momento, desestabilizar el orden constitucional para flexibilizarlo, hasta lograr generalizar el uso de dispositivos de excepción e incluso declaradamente fascistas contenidos en el propio ordenamiento legal estadounidense. Es parte de la marcha hacia el fascismo, en última instancia.
Las respuestas de las masas populares estadounidenses, en particular de los movimientos de autodefensa comunitaria, de inmigrantes y poblaciones negras, convocando a la promoción de vigilias populares contra el ICE e incluso al ejercicio de la legítima autodefensa, no son hechos comunes. La última vez que ocurrió en esta proporción fue en la década de 1960, cuando se abolieron los derechos civiles para los negros. La reacción popular actual, que solo tiene precedente en aquella situación tan extrema, dice mucho sobre la situación actual, también extrema, pero no tanto por la falta de derechos formales, sino por su revocación práctica, lo que hace que el escenario sea aún más conflictivo, ya que, esta vez, la solución no se encuentra inmediatamente en la “realización más radical” de la vieja democracia burguesa, que comienza a evidenciar, de forma inmediata para la conciencia media de las masas, su límite histórico y político. Las masas desean otro régimen y son cada vez más conscientes de eso.
Los grandes teóricos ilustrados prestaron mucha atención al declive de los imperios. Todos reconocen la polarización interna, el estancamiento económico, el declive en el dominio exterior y la guerra civil como elementos comunes de los períodos en los que grandes fortalezas se derrumbaron en cuestión de pocas décadas, incluso años. Todos estos elementos son constitutivos de la situación actual de los Estados Unidos. El fin del imperio está en el horizonte, ya visible a simple vista.
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La movilización de tropas de los países miembros de la OTAN que componen la Unión Europea hacia Groenlandia, en el contexto de las amenazas de Trump de tomar ese territorio de Dinamarca, expresa la crisis de la OTAN, reconocida incluso por los expertos militares. No se trató de un episodio aislado, fruto de la acción irreflexiva de un temerario. Es un fenómeno histórico de naturaleza imperial, bien respaldado por las contradicciones fundamentales de la actualidad: ante el imperialismo yanqui, ya en el inicio de su declive como superpotencia hegemónica única, vislumbrando el recrudecimiento de las disputas entre potencias y superpotencias por el reparto del mundo, la OTAN deja de tener la importancia que tuvo en su surgimiento como instrumento de la doctrina imperialista de la “Guerra Fría”. Con su fin en la década de 1990, la OTAN se convirtió en un paquidermo, cuyo creador, cada vez más, con la crisis del sistema, ya no lo necesita hasta el punto de justificar los altos gastos para su mantenimiento, mientras que sus sumisos socios, en la lucha por el reparto, no tienen otra alternativa, al menos en lo inmediato, en medio de la polarización entre EE.UU. – Rusia y EE.UU. – China, que seguir arrastrándose ante el emperador, como lo demuestran las representaciones de la UE sobre la cuestión de Groenlandia.
Sin embargo, a los yanquis, como superpotencia hegemónica única, aunque en declive, les interesa sin duda, aunque ya no con la importancia de otrora, la existencia de la OTAN en su estrategia de dominación mundial y garantía de su plena superioridad en el terreno militar, sobre todo en el llamado aspecto “interoperativo”, pero ahora con el lujo de chantajear a sus pares. El chantaje yanqui de abandonar o implosionar la OTAN, como coalición en general, tienen como objetivo obligar a los países miembros de Europa a gastar más en la industria de defensa que, en el caso de la OTAN, proviene en más del 60% del complejo industrial-militar yanqui, que sigue siendo la mayor industria bélica del mundo, responsable de más del 40% de las exportaciones totales de medios de guerra. La economía yanqui se centra en la industria de la guerra: sin guerra, y por lo tanto sin costes de guerra, el desempleo incontrolable y la recesión son inevitables.
Los yanquis buscan,también, ejercer presión sobre las potencias europeas. Por un lado, principalmente por parte del Pentágono, agitan el “peligro ruso para la seguridad regional” y, por otro, lanzan el chantaje de no defender Europa y centrar su atención en la lucha con China en Oriente para contrarrestar su expansión en Occidente, principalmente en América Latina, así como en África. De este modo, los yanquis obligan a las potencias europeas a someterse a su hegemonía única, aunque la cuestionen, imponiéndoles restricciones o acuerdos comerciales, financieros y fiscales, en negociaciones bilaterales, debilitando o manteniendo bajo un fuerte control a la Unión Europea.
Por lo tanto, el interés yanqui en Groenlandia es controlar las reservas estratégicas de minerales críticos y “tierras raras”, recursos clave bajo control chino, que posee más del 60% de las reservas mundiales y concentra el 90 % de la capacidad industrial de procesamiento, y evitar que China utilice el Ártico para rutas comerciales estratégicas. No menos importante es su objetivo de asegurar una posición geoestratégica en el Ártico, que reduzca el gran espacio oceánico entre su territorio y el continente europeo que se encuentra bajo los pies de la superpotencia atómica Rusia. Todo esto es cierto. Pero los yanquis han ido demasiado lejos en sus chantajes y amenazas para imponer también nuevas condiciones en la contienda con las potencias imperialistas de Europa. Aquí también se ve el inicio del declive y el desenlace del fin del imperio yanqui.