Editorial de AND – Para Venezuela y su pueblo, la soberanía sólo tiene un camino

A continuación compartimos una traducción no oficial de la parte dedicada a la situación en Venezuela del Editorial publicado por A Nova Democracia el 1 de febrero.


La “reforma de los hidrocarburos” iniciada por el gobierno interino de Delcy Rodríguez a finales de enero, poco más de 20 días después del secuestro del presidente Nicolás Maduro (y de la primera dama, Cilia Flores), representa una señal de alerta para las fuerzas de resistencia nacional venezolana. Ella liquidará el monopolio petrolero estatal, pilar económico del proyecto bolivariano, como resultado de la descarada imposición directa del imperialismo yanqui, situación admitida por la propia interina, Delcy.

Este no es el único compromiso: la venta de petróleo venezolano, cuyo comprador casi exclusivo ahora es Estados Unidos, tiene sus ingresos determinados por el propio gobierno imperial yanqui, bajo el mando del extremista de derecha Trump. También existe la exigencia yanqui de que el gobierno interino corte relaciones con China y Rusia como condición para levantar todas las sanciones imperialistas contra el país. Dado el control militar yanqui de todas las rutas navales externas de Venezuela por sus hordas en el Caribe y el Pacífico, y la concentración de poderosos recursos militares en toda la región, una condición inalterada incluso después del criminal y rapaz secuestro del presidente Maduro para llevarlo a sus mazmorras en la sede del imperio, Venezuela no puede romper el asedio de la intervención yanqui de un solo golpe.

Es imperativo constatar que Venezuela enfrenta esta compleja situación desde hace casi un mes, en una posición paradójica. Simultáneamente, se resiste a mantener el régimen bolivariano, apoyado por la mayoría de su pueblo, mezclado con una actitud de colaboración activa con las imposiciones yanquis en el plano económico e incluso en determinadas cuestiones políticas. Esta situación expresa una debilidad en la cohesión del propio régimen, en los altos dirigentes de las estructuras estatales, lo que debilita la unidad con las masas populares dispuestas a la resistencia en defensa de la soberanía nacional y sus legítimas aspiraciones de transformación social. La colaboración con el gobierno yanqui y los llamados a la «normalización» de la vida diaria que afectan abiertamente a la potencialización y la ampliación de la movilización popular, por un lado, y los discursos de no aceptación de las «órdenes externas» dirigidas al proletariado (asamblea de obreros de la petrolera estatal PDVSA), junto con la resistencia que mantiene armadas a las milicias y los «colectivos» populares, por otro, son expresiones de esta mezcla. Esta paradoja revela objetivamente que existe una lucha en curso, no muy clara, sobre qué posición se consolidará en la dirección del régimen bolivariano: si se favorecerá la posición de resistencia nacional o la de sometimiento nacional, propugnada esta última por el pragmatismo de la supervivencia del régimen a cualquier precio, en general, y, en particular, por depositar todas las esperanzas en la “soberanía limitada” de las relaciones “protectoras” con otras potencias imperialistas (Rusia y China), tal como se venía manteniendo el régimen chavista, y que el ataque yanqui expuso toda su fragilidad, con estas potencias apenas balbuceando vagas protestas diplomáticas en función de no perjudicar sus intereses mayores.

Dada la compleja situación venezolana, la tarea inmediata de todos los internacionalistas es denunciar de forma contundente la agresión imperialista, aumentar su combate contra ella, especialmente contra el imperialismo yanqui, dando total apoyo al gobierno interino, pero alertado sobre los límites que muestra, para que que las masas se mantengan cada vez más vigilantes; y apoyar las iniciativas de los revolucionarios en la formación de la vanguardia proletaria maoísta, que, con su desarrollo, consolidará el frente único antiimperialista y antifascista en el País. El deber del actual gobierno interino para con la nación y el pueblo venezolanos es defender la patria, la soberanía y la autodeterminación, y contará con un apoyo aún mayor del que ha recibido de la mayoría de su población y de los pueblos y países oprimidos del mundo que luchan contra el imperialismo, ya que movilizará y atraerá a otros a la lucha antiimperialista, incluso en los propios países imperialistas. Solo así progresará la causa nacional patriótica, siempre que se eleve su confianza en las masas populares, se comprometa con su movilización permanente, promueva su organización militar y se apoye en ellas para una guerra prolongada, única vía para sustentar sobre el terreno las posiciones de defensa activa de la soberanía nacional y la realización de las principales reivindicaciones populares. Así, ampliando y fortaleciendo el frente único patriótico antiimperialista, antifeudal y antifascista, aislará a la reacción proimperialista y a las quintas columnas traidoras a la patria. Solo así podrá construir el camino democrático de la nueva democracia, y conmover al mundo en apoyo de su causa de liberación nacional.

Por otra parte, está claro que los compromisos, en ciertas condiciones son necesarios y deben ser hechos, siempre y cuando sean relativos, transitorios y subordinados a la estrategia de liberación nacional, con el fin de prepararla eficazmente para enfrentarse al enemigo en etapas estratégicas bien definidas, desde la defensiva, pasando por el equilibrio de fuerzas con el enemigo, hasta alcanzar la transición a la ofensiva total. Dicho esto, los compromisos concretos que ha asumido el gobierno interino se deslizan por el filo de la navaja de la colaboración con el agresor en el plano económico y son contraproducentes cuando conducen a la desmoralización de las fuerzas de la resistencia nacional, a la mitigación del ímpetu antiimperialista de las amplias masas, y a vaciar de sentido las organizaciones ya establecidas de las milicias bolivarianas y los “colectivos” (movimientos comunitarios armados). Aunque el régimen pretenda radicalizarse cuando se plantee la transición política, si no se avanza en la preparación de las masas y del frente único, esto provocará inevitablemente una desmoralización de la causa nacional, lo que hará que las pequeñas reformas no sirvan de nada. En Venezuela es urgente la movilización amplia de las masas armadas. Si la tónica del régimen se confirma como la de buscar simplemente la estabilidad a cualquier precio, lo que se traduciría en costos muy elevados, como ya demuestran las reformas emprendidas, sería, como mínimo, sumamente peligroso.

Los internacionalistas no deben ignorar que el gobierno interino, por su carácter de clase objetivo, se basa en intereses que buscan la estabilidad para obtener sus ganancias monopolistas y, por lo tanto, flirtea con la colaboración con el imperialismo yanqui en ciertas condiciones. De naturaleza vacilante, esto ocurre con cualquier gran burguesía, para la cual no sería un “pecado” posicionarse como apoyo interno de un agresor, aceptando sus términos, siempre que se le conceda la estabilidad y las condiciones necesarias para obtener también beneficios monopolistas con la exportación de petróleo y otros bienes primarios, aunque sean migajas del beneficio máximo de la oligarquía financiera internacional, con la condición de que no haya pérdida de territorios ni de independencia formal. Si se mantiene el régimen, entonces, estos sectores se vuelven aún más vacilantes.

No sin razón, la operación yanqui fue acompañada de abundantes promesas de dar “prosperidad a la nación venezolana”, léase, a las clases dominantes locales, independientemente de su afiliación o no al bolivarianismo, para que fueran aisladas las posiciones patrióticas y favorables a la resistencia nacional. Por lo tanto, la cuestión decisiva es la movilización de las masas populares y el creciente aumento de su organización militar, partiendo de las ya existentes milicias populares y los “colectivos”, de su ampliación y elevación de su nivel. Es este factor dinámico el que podrá imponer la posición de resistencia nacional a las clases dominantes locales, comprometidas económicamente con el capital financiero y tendentes al compromiso político con el agresor. Es esta estrategia la que aislará a aquellos que depositan sus esperanzas en una “independencia” limitada mediante un acuerdo con el agresor o incluso en el ilusorio cambio de amo imperialista (defensores de la teoría de la subyugación nacional como única salida posible para la nación agredida). Y solo así es posible obligar a los vacilantes a resistir, como hizo el Partido Comunista de China con Chiang Kai-shek y el Kuomintang en el contexto de la agresión japonesa en 1937.

Es necesario propagar ampliamente que las condiciones para elevar la resistencia no precisan ser creadas: estas son, en lo fundamental, el armamento general de las masas y una mayor articulación del frente único patriótico y su fortalecimiento en una primera fase, lo que se puede conseguir en la medida en que la situación escale, y la comprensión de que, en la actual situación internacional, la descomposición de la crisis general del imperialismo es tal que las posibilidades de éxito de sus agresiones se ven cada vez más minadas. El gobierno interino, si quiere preservar la soberanía y la dignidad de la nación venezolana, debe confiar profunda y sinceramente en las masas populares armadas de las milicias y los “colectivos”, avanzar en los preparativos para convertir vastas unidades regulares del Ejército nacional en unidades guerrilleras con características regulares y lanzar un rotundo “¡no!” a las exigencias del imperialismo yanqui. El gobierno de los Estados Unidos, es cierto, lanzaría nuevos ataques y todo tipo de sanciones y embargos económicos. Pero no se puede ignorar que, al final, todos los ataques y medidas yanquis estarían fuertemente limitados en un proceso prolongado e incluso con restricciones políticas inmediatas: en primer lugar, porque los demonios yanquis tenderían a no enviar tropas al subcontinente, ya que esto produciría una enorme inestabilidad, profundamente temeraria y considerada como un elemento clave de sus cálculos políticos; y también porque, en este contexto de guerra comercial entre EE. UU., la UE y China, las brechas económicas que se pueden explotar ofrecen un amplio margen de maniobra. Sin embargo, sin hacerse ilusiones con los demás imperialistas, y sin caer en la tentación de creer que no son imperialistas. Es de la naturaleza del capital monopolista no convertirse nunca en un Buda, como advirtió el Gran Timonel.

Es indispensable, para el éxito de la causa antiimperialista, que la actual agresión yanqui se transforme en una guerra prolongada de liberación nacional. Para ello, urge la intervención independiente del proletariado revolucionario, pues es la única clase que puede aplicar el programa revolucionario de liberación nacional con la mayor profundidad y coherencia, en beneficio del proletariado, el campesinado y la pequeña burguesía, como parte de la Revolución de Nueva Democracia.

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